
Las primeras luces del alba empezaban a traspasar por las rendijas de la persiana. Daniela estaba sentada en la cama al igual que 15 minutos antes. Pasó la noche con constantes despertares y el dolor en el pecho continuaba. Se levantó dando tumbos y de nuevo la gata negra de ojos amarillos siguió a su dueña. La gata como fiel compañera se había pasado toda la noche con ella siguiéndola cuando se levantaba, cuando caía al suelo o cuando el cansancio y el sueño por unos instantes la dejaba dormir.
Daniela se dirigió a la cocina intentó prepararse algo pero se dio cuenta de que sus manos temblorosas no le permitían hacer nada, se dio media vuelta y se sentó en el sofá. Miró a su alrededor y la sensación de vació era inmensa. Era principios de septiembre y hacía mucho calor pero en aquellos instantes Daniela sólo sentía escalofríos.
Se encendió un cigarro como si la nicotina que iba ingerir su cuerpo le fuera aliviar su dolor. No miraba a un punto fijo, su mirada divagaba por toda la estancia. Su gata se acurrucó a su lado como si pretendiera darle calor, ella le acarició el lomo y el animal empezó a ronronear.
Pasó el tiempo, las horas y Daniela seguía sentada sin apenas moverse, el cenicero estaba lleno de colillas entonces se dio cuenta que el sol entraba por la ventana. Se levantó y fue hacia la ventana y a través de ella vio el bullicio de la gente, era un ir y venir de coches, de gente que a esas horas de la mañana se dirigían a sus puestos de trabajo, al colegio, pero Daniela no iba a ir a ningún sitio. De nuevo volvió al sofá y allí permaneció sentada.
No podía salir a la calle los ataques de ansiedad eran constantes y la medicación la dejaba atontada, ida. Le costaba pensar, reaccionar y necesitaba que alguien la acompañara, pero Daniela se negaba a que estuvieran con ella las 24 horas del día. No podía ir a trabajar, días antes se había desvanecido, su cabeza quedó postrada sobre el teclado y durante unos instantes estuvo inconsciente. Desde ese día estaba de baja encerrada en las cuatro paredes de su casa que eran como su tumba porque salir a la calle la aturdía aún más, le producía fobia la gente, el movimiento incensante de la ciudad.