Bienvenidos al Diario de Daniela

Daniela 26 de agosto de 2004

4 de noviembre de 2008

El abrazo


Daniela buscaba desesperadamente aquel abrazo que un día sintió pero no lo lograba, aquellos brazos que la rodeaban siempre habían desaparecido. Catorce años atrás Daniela descubrió que en un simple abrazo se escondía todo un mundo de sensaciones, de sentimientos. Daniela daba su vida por aquel abrazo. A la luz de la vela sus lágrimas brillaban y no cesaban de caer por sus mejillas, Daniela estaba sola y comprendió que nunca más volvería a sentir aquel abrazo que tiempo atrás la arropaba, eran su puerto tras la tempestad, en momentos de debilidad su soporte que la seguía manteniendo en pie.
Ese día, el primero que recibió aquel abrazo se dio cuenta de que la persona que la abrazaba era toda su vida que entre sus brazos sentía una seguridad y una paz que nunca antes había sentido y ahora no sentía esa seguridad, se tambaleaba entre la razón y los sentimientos. Su dolor no podía ser consolado perdido aquel instante, Daniela sentía romperse por dentro, su corazón roto en mil pedazos.
Con el tiempo Daniela recibió más abrazos pero con ninguno sintió nada, la magia de aquel abrazo se había perdido de por vida y Daniela lloraba desconsolada por las noches añorando aquel simple instante. Lo era todo para ella, quizás resulte difícil entender lo que puede significar un abrazo pero Daniela logró sentir y saber cual era el signinficado de su vida con ese simple gesto.
Lo único que le queda a Daniela es su recuerdo cuando se siente triste y hundida cierra los ojos y mentalmente imagina como si aquellos brazos volvieran abrazarla, no es consuelo pero por unos segundos intenta revivir aquellos sentimientos perdidos cuando abre sus ojos se encuentra abrazada a si misma.

1 de noviembre de 2008

Noche de Difuntos

Daniela ese día decidió salir a la calle por la tarde cuando ya había oscurecido. Se vistió lentamente y se dio cuenta de que la ropa le venía grande, no sabía cuantas tallas había perdido, todo lo que intentaba ponerse era como un saco. Finalment optó por unos pantalones y un jersey negro y se enfundó su chaquetón de piel. Hacía frío, habían llegado los primeros fríos y aquella noche era especialmente desapacible, estaba lloviendo.
Daniela buscó su bolso y salió por la puerta no sin antes despedirse de su gata.
Su rumbo no era fijo, no sabía donde ir, estuvo horas andando por la calle, la medicación la seguía manteniendo atontada pero ese día sintió la necesidad de salir al exterior no sin antes sentir un gran miedo, estupor ante tanto movimiento, la cabeza le daba vueltas pero finalmente respiró hondo y siguió caminando.
Sin saber donde ir recordó que era domingo por la noche víspera de Todos los Santos por lo que al día siguiente sería fiesta. Recordó que un amigo trabajaba en una discoteca y decidió ir a visitarlo.
Como alma en pena deambuló por las calles hasta llegar a su destino. Una vez encontró el lugar decidió entrar, allí estaba su amigo, estuvo hablando un rato con él pero Daniela se dio cuenta de que no se encontraba bien que todo le daba vueltas, la música, las luces, la gente empezaron agobiarla y sentía que no tenía sus pies en firme en el suelo. Sin saber cuanto tiempo había estado allí dentro se despidió del chico y regresó a su casa.
Estaba lloviendo, hacía frio pero Daniela siguió caminando apenas podía ver a la gente con la que se cruzaba, no lograba ver sus caras, en ciertos momentos sentía tambalearse y se preguntaba si la gente notaría su estado. No estaba borracha pero la medicación y el poco alimento que tenía en su estómago provocaban estos estados de mareo y malestar. Y prosiguió caminando, por un instante pensó coger un taxi pero sus piernas no paraban, necesitaba andar, sentir el aire frío rozando su cara, notar como la lluvia iba penetrando en su piel.
Exhausta Daniela llegó a la puerta de su casa, abrió la puerta y al entrar la gata negra la estaba esperando, era el único ser quien podía esperarla en aquellas horas de la noche. Cerró la puerta y dejó caer el bolso. Estaba empapada, muerta de frío y sintió languidecer de cansancio.
Poco a poco se quitó la ropa mojada y se puso ropa seca, se sentó en su sofá recordó que era Noche de Difuntos y encendió una vela.
A oscuras con la luz de una vela Daniela volvió a sentir la soledad, estaba sola y de nuevo el llanto se apoderó de ella.

21 de octubre de 2008

Soledad


Daniela tenía muchos amigos y gente que la quería a su alrededor pero aún así Daniela se sentía sola. Sentía un gran vacío dentro de ella que la angustiaba. No solamente se había quedado físicamente sola sino que esa soledad invadía todo su ser. Daniela en esos momentos no sabía que hacer con su vida era como si la hubieran desterrado del paraíso, de su paraíso privado, despojada de su felicidad de todo aquello que hasta hace unos días atrás había soñado y construido con los años.
Las personas más allegadas a Daniela no podían llenar ese vacío que sentía. Su gata era su paño de lágrimas se abrazaba a ella y la gata sólo sabía que ronronear y mirar a su ama con sus ojitos amarillos.
Daniela seguía encerrada en casa era incapaz de traspasar el umbral de la puerta no se atrevía a salir porque no sabía que era lo que le esperaba fuera. En casa se sentía segura, aquellas cuatro paredes la protegían le daban cobijo.
Pasaba el tiempo sentada en el sofá o en su cama mirando por la ventana mientras las horas pasaban y así hasta que anochecía de nuevo.
Todavía no era capaz de reaccionar de darse cuenta de lo que realmente había pasado y seguía sin comer.
Sin buscarlo, sin quererlo Daniela se encontraba en medio de una terrible soledad, soledad que a medida que pasaban los días se convirtió en su compañera de viaje.

16 de octubre de 2008

Llanto

Sin darse cuenta Daniela se había pasado parte de la mañana sentada en el sofá, ni los segundos, ni los minutos ni siquiera las horas contaban para ella en ese momento, era como si el tiempo no existiera, el tiempo real, porque su tiempo imaginario seguía pasando pero Daniela pensaba o creía estar viviendo una pesadilla hasta que por unos instantes puso los pies sobre la tierra, el teléfono sonó. Desconcertada, como si aquel sonido viniera de no sabía donde empezó a mirar a todas partes hasta que pudo ver la lucecita roja del aparato parpadeando, indincándole que allí se hallaba. Se levantó, sus pies no estaban firmes en el suelo porque sintió marearse y como pudo cogió el auricular. Era su jefa, preguntando como se encontraba, si iba a estar mucho tiempo así. Daniela confusa le dijo que no sabía que era el médico quien debía evaluar su estado. Apenas podía articular las palabras, la persona que estaba al otro lado del teléfono se dio cuenta y le instó a dejar la conversación.
Tras colgar el teléfono Daniela volvió a sentarse en el sofá, se acurrucó y en estado fetal se quedó. Cerró por unos instantes los ojos y vio su imagen, la cara de él. Su mirada fría se había quedado fijada en la mente de Daniela y empezó a recordar pero le era imposible atar cabos, pues no era capaz de mantener su mente serena, era un ir y venir de imágenes, de recuerdos que se agolpaban en su cabeza.
De repente Daniela estalló en llanto, llevaba muchos días llorando y creía que ya no habían más lágrimas, que sus ojos se habían secado pero las lágrimas lograron apaciguar el constante dolor que sentía en su pecho. Fue cómo una vía de escape, el llanto por unos instantes mitigó su angustia. Las lágrimas caían descontroladas por sus mejillas y aunque intentaba ver le era imposible.
Daniela se olvidó de comer, la comida no existía para ella.

14 de octubre de 2008

El despertar de Daniela


Las primeras luces del alba empezaban a traspasar por las rendijas de la persiana. Daniela estaba sentada en la cama al igual que 15 minutos antes. Pasó la noche con constantes despertares y el dolor en el pecho continuaba. Se levantó dando tumbos y de nuevo la gata negra de ojos amarillos siguió a su dueña. La gata como fiel compañera se había pasado toda la noche con ella siguiéndola cuando se levantaba, cuando caía al suelo o cuando el cansancio y el sueño por unos instantes la dejaba dormir.

Daniela se dirigió a la cocina intentó prepararse algo pero se dio cuenta de que sus manos temblorosas no le permitían hacer nada, se dio media vuelta y se sentó en el sofá. Miró a su alrededor y la sensación de vació era inmensa. Era principios de septiembre y hacía mucho calor pero en aquellos instantes Daniela sólo sentía escalofríos.

Se encendió un cigarro como si la nicotina que iba ingerir su cuerpo le fuera aliviar su dolor. No miraba a un punto fijo, su mirada divagaba por toda la estancia. Su gata se acurrucó a su lado como si pretendiera darle calor, ella le acarició el lomo y el animal empezó a ronronear.

Pasó el tiempo, las horas y Daniela seguía sentada sin apenas moverse, el cenicero estaba lleno de colillas entonces se dio cuenta que el sol entraba por la ventana. Se levantó y fue hacia la ventana y a través de ella vio el bullicio de la gente, era un ir y venir de coches, de gente que a esas horas de la mañana se dirigían a sus puestos de trabajo, al colegio, pero Daniela no iba a ir a ningún sitio. De nuevo volvió al sofá y allí permaneció sentada.

No podía salir a la calle los ataques de ansiedad eran constantes y la medicación la dejaba atontada, ida. Le costaba pensar, reaccionar y necesitaba que alguien la acompañara, pero Daniela se negaba a que estuvieran con ella las 24 horas del día. No podía ir a trabajar, días antes se había desvanecido, su cabeza quedó postrada sobre el teclado y durante unos instantes estuvo inconsciente. Desde ese día estaba de baja encerrada en las cuatro paredes de su casa que eran como su tumba porque salir a la calle la aturdía aún más, le producía fobia la gente, el movimiento incensante de la ciudad.

9 de octubre de 2008

El sueño de Daniela



Daniela despertó un día aturdida sin saber donde realmente estaba. Daniela no sabía si lo había soñado o realmente vivido. Por un instante un escalofrío recorrió su cuerpo, se hallaba sentada en la cama a oscuras y una tenue luz entraba por la persiana pero que apenas le dejaba ver lo que había a su alrededor.
Daniela sintió que se ahogaba, en su pecho notaba como si el peso de una losa la aprisionara, era como si le oprimiera y no le dejara respirar, ese dolor era intenso se hacía insoportable, por más que Daniela quisiera respirar era como si no hubiera oxígeno, no podía.
Miró hacia el lado de su lecho y descubrió un gran vacío, no había estado soñando lo estaba viviendo. Sin darse cuenta despertaba a cada instante, no lograba dormir y en esos intervalos de sueño revivía a cada instante lo vivido.
Cómo una sonámbula recorría la casa, centímetro a centímetro buscando el gran vacío que había encontrado en la cama, estaba sola no había nadie más sólo una gata negra de ojos amarillos que seguía los pasos de su ama como si le ayudara a buscar lo que Daniela no lograba encontrar.
Daniela notaba de nuevo ese dolor en el pecho, dolor que se prolongaba hasta su brazo izquierdo, otra vez no podía respirar , el dolor que sentía en su interior era por no poder encontrar a quien buscaba y le provocaba estos estados de ansiedad.
Finalmente se derrumbaba, caía en el suelo y medio tendida entraba de nuevo en una especie de sueño, ¿sueño o pesadilla?. La medicación la tenía aturdida y no lograba discernir si lo que estaba viviendo era realidad o simplemente su mente le estaba gastando una mala pasada.
En su sueño la vida de Daniela continuaba, seguía igual que siempre era como si el tiempo se hubiera detenido en los 14 años anteriormente vividos pero ese sueño siempre era interrumpido por una sensación algo que hacía que Daniela en sueños se inquietara de repente era algo que en su interior le decía - se ha ido ya no está a tu lado y en ese instante ella despertaba, sentada de nuevo en su cama, sintiendo la falta de oxígeno y tras mirar a su lado ver que efectivamente él ya no estaba.